Historia de la esquizofrenia que me diagnosticaron

Luis Pascual Paules

Hace 15 años me diagnosticaron esquizofrenia paranoide. Mi psiquiatra me dijo que tendría que medicarme para toda la vida. Inició un tratamiento con inyecciones de risperdal. Los efectos secundarios se hicieron notar rápidamente. Me empezaron a dar ataques de pánico de forma azarosa e imprevisible. En dichos ataques sentía como si fuese a explotar por dentro, sensación de extrañeza y vulnerabilidad. Era un auténtico infierno, sufría muchísimo. En muchas ocasiones los ataques iban acompañados de pensamientos repetitivos que no podía controlar, esto también me hacía sufrir horriblemente. Ya tenía pensamientos repetitivos antes de tomar la medicación, pero ésta me los amplificaba enormemente. En cuanto al insomnio, en muchas ocasiones por la noche no podía mantener los ojos cerrados, me era imposible conciliar el sueño, con lo que no me quedaba más remedio que salir a pasear por las calles de mi urbanización. Esto también me hacía sufrir miserablemente. Pasados unos año de auténtico infierno a mi psiquiatra se le ocurrió darme akinetón para contrarrestar los efectos secundarios. Este medicamento me quitaba estos efectos tan desagradables, pero me producía otros, como problemas de insomnio e incluso problemas para expresarme, llegó al punto de que en muchas ocasiones quería expresar algo y se me olvidaba lo que iba a decir. El xeplion y creo que junto al akinetón me producía una merma de mis capacidades cognitivas, se vieron reducidos considerablemente mi atención, concentración, memoria, capacidad de lectura, de comprensión de la lectura, de estudio. Estaba mucho pero que antes de haber iniciado el proceso de medicación. Durante años quise dejar la medicación, pero el miedo a la amenaza de los psiquiatras que tuve de ingresarme, me hizo desistir de ello. Al final los problemas de expresión, de verme como un ser con sus potencialidades disminuidas me empoderó para dejar la medicación.  Dejé de ir al centro ambulatorio de un barrio de la ciudad de Palma de Mallorca a que me pusieran la inyección de xeplion. Mi psiquiatra me amenazó diciéndome que estaba en la cuerda floja., que en cualquier momento me podría dar un brote psicótico y me pondrían el doble de medicación. Estuve ocho meses sin medicación. Los primeros meses lo pasé realmente mal, sufrí efectos secundarios de dejar la medicación, tenía agitación motora en las piernas, sentía como si se me moviesen por dentro, también sensaciones de quemazón por el cuerpo, sobre todo en la espalda. Sufrí con resignación y con el paso del tiempo desaparecieron estos efectos. Mi vida cambió por completo, empecé a crear, a escribir, sobre todo poesía, a dibujar, sobre todo cosas abstractas, podía leer y seguir el hilo argumental, podía estudiar, de hecho, empecé la carrera de Física por la UNED, hacía deporte, iba en bicicleta a todas partes, nadaba en la playa, con lo que disfrutaba enormemente. Pero todo empezó a torcerse, dormía poco, pero me encontraba despierto y saludable. Mi padre al que mi psiquiatra le había hecho un lavado de cerebro, diciéndole que yo no podía estar sin medicación, que era muy peligroso y que podría tener un brote psicótico y hacer daño a alguien o a mí mismo, empezó a decirme cosas desagradables a diario, me decía por ejemplo si me veía a altas horas de la noche despierto utilizando el ordenador o haciendo cualquier otra cosa que yo estaba mal, que no podía estar sin medicación. Yo, al saber que hablaba con mi psiquiatra, empecé a ponerme nervioso, preocupado de que mi psiquiatra decidiese ingresarme, así que empecé a adelgazar. También hay que decir que hacía mucho deporte, llegué a tener un cuerpo atlético, tenía las abdominales un poco marcadas. La cosa es que un día por Palma se me pinchó la bicicleta, tuve que caminar con la bicicleta levantada, sin tocar el suelo una rueda,, a consecuencia de ello me surgieron llagas en los pies. Cuando llegué a mi casa me puse los pies en remojo con sal. Mi padre me vio y llamó al psiquiatra, al cabo de un rato se presentaron unos sanitarios en una ambulancia y la guardia civil. No me quedó más remedio que acceder a acompañarles a la unidad de psiquiatría de un hospital de Palma. Mi psiquiatra pudo haberme llamado ante de utilizar esta medida y yo me podría haber explicado, pero no me dio esa oportunidad. Después, se habla de que vivimos en una democracia plena, dónde está la democracia, si te pueden sacar de tu casa a la fuerza, sólo porque un psiquiatra de la orden y por estar tú diagnosticado de una enfermedad mental. Lo que me han hecho a mí, se lo han hecho a otros y7 el día de mañana le pude tocar a usted. Si permitimos que estas cosas sucedan, todos saldremos perdiendo, porque habremos perdido nuestras libertades. Lo que a mí me hicieron fue un atentado total contra mis derechos de ser humano, un acto ruin y deplorable. En fin, me ingresaron, me negué a tomar medicación. No me obligaron a tomar pastillas, aunque las tuviera prescritas por el psiquiatra de la unidad, pero las inyecciones de xeplion me las pusieron a la fuerza. En la primera inyección ocho enfermeros saltaron sobre mí y no pude impedirlo. La segunda inyección, fueron ocho enfermeros y dos guardias de seguridad los que me forzaron. Me fui corriendo por los pasillos de la unidad, los guardias de seguridad me golpearon en las piernas, me tiraron al suelo, uno me estranguló con el brazo y al final entre todos me la pusieron. Algo que no llegó a entender es que según mi psiquiatra yo estaba desnutrido, muy delgado, pero necesitaron ser entre 8 y 10mpersdonas para contenerme, que me lo expliquen. Pronto empecé a tener los ya mencionados efectos desagradables. En ocasiones, paseaba por los pasillos con una terrible ansiedad, sufriendo como si me fuese a morir y el psiquiatra de la unidad me veía y ni se inmutaba. Hasta un día, vinieron unos familiares míos a verme, yo estaba en un ataque de pánico y les conté el infierno que estaba pasando y lloré con ellos, me abrazaron y al psiquiatra le daba igual. Éste, al cabo de dos o tres semanas de haberme ingresado me dio de alta, convenciéndome de que aceptase que viniesen a mi casa unos sanitarios de un servicio ambulatorio a ponerme la inyección. Yo, que ansiaba irme de allí, acepté, craso error. Tuve que haberme negado y seguir la lucha en el psiquiátrico. Tenía pensado hacer una huelga de hambre, pero me convencieron. Si queremos cambiar las cosas las personas diagnosticadas de enfermedad mental, no nos queda más remedio que negarnos a las imposiciones de un sistema psiquiátrico corrupto, cruel, injusto e inhumano. Ya sé que a nadie le gusta estar ingresado, se pasa mal, pero estar fuera y llevar contigo la cárcel química es mucho peor, porque ya no eres una persona libre, has aceptado una medicación psiquiátrica que deteriora el cerebro, altera la conducta, la personalidad y crea sufrimiento. Si todos nos negáramos, no nos podrían obligar, tendrían que cerrar los psiquiátricos. Muchos otros en la historia han sido perseguidos por defender unos ideales de justicia, paz, amor y libertad, casos como el de Jesús, nelson Mandela, Luther King y Indira Gandhi. Muchos acabaron encarcelados o muertos, pero cambiaron la historia para siempre. La siguiente vez que fui al psicólogo tenía un poco de miedo que insistiese con la medicación, pero tenía la intención de seguir hasta el final. Al final le conté cómo me encontraba, que estaba escribiendo un libro de poesía, que dibujaba, que tenía interés en ayudar a la ecología del mundo participando en grupos ecologistas. Me dijo que me veía bien y que no importaba que tomase la medicación. Por fin encontré a un psiquiatra que me respetaba, que respetaba mi decisión y que no me quería imponer su criterio. Los ataques de pánico remitieron a los dos meses y pico. Pero al dejar la medicación entraron en escena unos efectos secundarios en forma de hormigueos por diferentes partes del cuerpo, cabeza, brazos, piernas y sobre todo espalda. En ella, a veces siento como pequeños pinchazos. Estas molestias las siento casi todo el día, son molestas, pero no tanto como los ataques de pánico. Utilizo la meditación y el reiki para controlar dichas sensaciones. Ahora llevo cinco meses sin medicación. Mis capacidades mentales han ido mejorando, leo libros, estudió, escribo poesía y artículos diversos. Se puede decir, en general, que me encuentro mucho mejor, aunque todavía sufro los efectos secundarios que como la primera vez que deje la medicación, se irán.

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