La música, el vino y el color amarillo.

Por Miguel Hinojar || @mhinojarm [Instagram]

En un mundo paralelo cuya única semejanza al nuestro es el Estado de Alarma, dos amigos –llamados Wolfgang y Antón Álvarez– entran en un bar. El primero coge sitio, el segundo se dirige a la barra. Como en todo simposio –no en el sentido de congreso, sino en su verdadero sentido: la charla entre copas, el beber en común–, empezarán por el vino. Parecen haber ido a caer en uno de esos sitios en los que todavía te responde una persona al otro lado de la barra de una forma más o menos cordial; además, parece que permite elegir canciones. Antón elige: son aún las 7 y ni está el ambiente ni le gusta Bad Gyal, así que elige “Expresso Love”.

Pasan las horas entre carcajadas; llega el turno de Wolfgang y la ginebra llama a la puerta. Son las 22:00, lo que significa que tienen dos horas para que su presencia en el espacio público no sea ilegal. Wolfgang se levanta a pedir y regresa a su sitio.

–¡¿Bad Gyal, en serio?!– Le espeta Antón.

Wolfgang permanece bailando “Zorra”, ignorando a su amigo y sin ofrecer respuesta.

–Siempre haces lo mismo, querido Wolfgang. Me temo que adoleces de cierta mediocridad en el gusto musical contra la que, por más que me esfuerzo, no soy capaz de curarte. Estás condenado.

–En absoluto. Cada cual aprovecha su turno con lo mejor que tiene que ofrecer, considerando las horas y el número de copas consumido. Era mi turno, son las 22:00 y he elegido; y he sido acusado, por ejercer el mismo derecho que tú al principio de la noche, de estar condenado a la mediocridad en el gusto musical. ¿Has mirado a tu alrededor, querido amigo? Todos ríen y bailan al tiempo de tu indignación; ¿no crees, por ello, que de haber alguna elección mejor que otra, esta sería precisamente la mía?

–La razón jamás ha sido más brillante por estar suscrita por un mayor número, y la verdad permanece inmaculada, sea o no sea apoyada por una mayoría. Yo afirmo que tu elección ha sido peor que la mía, y ello conduce a la conclusión de que estás acompañado en tu mala elección.

–Supongo, pues, que tendrás algún fundamento por el que puedas formular semejante afirmación, ¿verdad?

–Por supuesto. Y pese a que la Verdad se defienda sola, procedo a exponer mis argumentos.

El camarero, de nombre desconocido, parecía atento a la conversación.

–Dices que de existir algún motivo a nuestro alcance por el que pensar que, de entre Dire Straits y Bad Gyal, Bad Gyal es una mejor elección, ese motivo sería el número de suscriptores. En tal caso, te invito a comprobar el número de reproducciones totales de Expresso Love en tu Spotify; con total seguridad, Bad Gyal no suma esa misma cifra ni con su top five. Y serás entonces consciente, Wolfgang, de que tu argumento siembra el terreno perfecto para ser desmontado por sí solo; porque en tal sentido el legado de Dire Straits es incuestionable. Nadie se atreve hoy a cuestionar la importancia de Dire Straits en la Historia del Rock; sin este estilo no habrían surgido los demás. Estarás de acuerdo conmigo en que ello convierte al Rock en causa, y a lo restante en efecto; ¿o no es acaso más importante lo que es causa, sin lo cual no hay efecto alguno? Es gracias al desarrollo técnico de este género que han surgido todos los demás. Un desarrollo técnico que, además, supera con creces a los sonidos emitidos por la máquina, ni siquiera instrumento, que crea de forma prefabricada la melodía de las canciones de Bad Gyal; algo solo posible por las contribuciones de Dire Straits, entre muchos otros.

–Desconozco si alguien ha cuestionado la importancia de Bad Gyal en el trap de habla hispana. Pero he de contestarte que si siempre la causa fuera más importante que el efecto y tú te asomaras a la Historia de la Música al tiempo que yo compruebo las cifras que sugieres, entonces la música primitiva creada por el primer homínido con un cierto sentido armónico tendría una importancia mayor que los artistas que tú y yo comparamos. Más bien, parece que esa importancia es inexistente, en tanto nadie en este planeta, a excepción de unos pocos hombres doctos en esta materia histórica, tiene la más absoluta idea de cómo eran esos sonidos, las primeras causas de la música que hoy nos ha traído aquí a dialogar.

Y por si este te pareciera un ejemplo que reduce nuestra discusión a un absurdo, podríamos referirnos a ejemplos más recientes que los homínidos; lo que sería tanto como decir que nada ha creado ni dicho el hombre musicalmente desde Vivaldi, Bach o Beethoven; conclusión falsa a todas luces. Esa importancia de la que hablas no puede ser independiente, por tanto, de los hombres a quienes les importe. La miel no fue hecha para la boca del asno, como la música sí lo fue para los oídos del ser humano; probablemente, su mayor creación. Esto debe ser así, porque si el hombre se caracteriza por algo, es por su pensar; somos, sobre todo, nuestro pensar. Todas las obras de arte son obra de la razón, pero ninguna lo es tanto como la música; pues esta es puramente racional, y el efecto que despliega de lo más bello que jamás ha experimentado el ser humano. Tanto es así, amigo mío, que incluso tú, al margen de tu cerrazón, tendrás asociado uno de tus más bellos recuerdos a la canción por la que has optado al llegar a este lugar. ¿Me equivoco?

–No, no te equivocas. 

–Por ello, ¿cómo sostener que el hombre nada ha creado desde entonces, y vivir y sentir la música tanto como tú, con tu recuerdo, la sientes? El hombre, por tanto, eternamente creador, ha seguido creando siempre la mejor música que podía ser creada; tú jamás te bañarás dos veces en el mismo río, y si acudes al mismo lugar donde este se hallaba la primera vez que te sumergiste en sus aguas, te bañarás en uno, aunque no sea el mismo. De la misma forma, la música que hoy escuchas es otra música, pero no perderá su carácter de buena música precisamente por la misma razón que hoy nosotros sabemos quién es Bach, y mañana se sabrá quién era Bad Gyal: porque en ambos casos, su importancia y cualidad se debía al número de suscriptores que encontró, en el primer caso entre los poderosos, y en el segundo entre los famosos.

–Como bien has señalado, esa canción despierta en mí un bonito recuerdo. En efecto, creo que aciertas cuando aludes a la relación de la música con la propia vida; sin embargo, yerras en tus conclusiones últimas. Pues la relación entre la música y la memoria se debe a la memoria, y no a la música; pues nadie asocia, o en nadie se asocia, una música a recuerdos dignos de olvidar. Esas canciones garantizan la vida de esos recuerdos, y por tanto no estaríamos hablando de recuerdos dignos de ser olvidados. Estos recuerdos son tan importantes porque son nosotros, ya sean felices o tristes; aunque digamos que sobre todo, los felices. Permanecen, a diferencia del río del que me hablas. La música que despierta en nosotros esa sensación es la música que alimenta el alma; ¿o acaso vas a negarme que tú te identificas con una canción?

–No, no lo niego. 

–Y como tal, ¿no diríamos que forma parte de nosotros aquello con lo que nos identificamos, de la misma forma que nos pertenece nuestra sombra, o nuestro reflejo?  Esa es, en suma, la verdadera música. Mucho me temo que esta permanencia y estos asuntos no suceden en el alma de los hombres cuando escuchan, una vez más, “Lo Malo”; y si no te convence lo que digo, lo hará el mejor de todos los jueces, el tiempo. Pero no he terminado, amigo. Pues deseo que te representes, antes de cederte la palabra, la canción más bella y la más fea. Lo sentido entre una y otra, ¿es diferente?

–Lo es, absolutamente.  

–¿Dirías que esa diferencia es la misma que existe entre tomar un vaso de vino y otro de agua?  

–Podría ser. 

–En efecto, podría ser; pues por muchos vasos de agua que bebieras, jamás alcanzarías la embriaguez que te procura el vino, porque la diferencia no reside en la cantidad, sino en la cualidad, pese a que el vino sea también un fluido, en su mayor parte constituido por la misma agua que llena el otro de los vasos. El problema que se te presenta es, por tanto, capital; porque admitida la diferencia cualitativa entre una cosa y otra de la misma clase, y que mil vasos de agua jamás producirán en ti el estado en que sí sumerge el vino, el todo nunca podrá ser igual a la suma de las partes; existiendo, en consonancia, melodías cualitativamente superiores a otras, y fluidos infinitamente más embriagadores que otros. Es esta una embriaguez necesariamente relacionada, en tanto tú, que eres mi amigo y te conozco, acudes a ambas en el mismo tiempo; y jamás acompañas la buena música con un vaso de agua, ni tampoco lo haces solo, sino en buena compañía. Y es curioso. En toda la música de la clase que tú admiras, concurre el mismo elemento, precisamente acerca de los famosos y los poderosos que anteriormente mencionabas. Sabrás bien, dada tu insistencia en intentar rebatirme sin éxito, que muchos de los autores hoy famosos, eran en su tiempo humildes fracasados; como tantos otros artistas de otras disciplinas. Lo eran porque su obra no era, en muchos casos, ni contemplada, ni tampoco estaba permitida, por ser contraria a lo que entonces se comía y respiraba. ¿Podrías decir lo mismo de Bad Bunny? ¿O su obra se trata, en cambio, de una perfecta reproducción de la sociedad en que vivimos? El salón, el concierto, la ópera o el teatro jamás fueron diseñados para reproducir lo que hay; sino para crear e invocar otra dimensión de la realidad, pues asistir a ellos es como hacerlo a una fiesta; cortan y trascienden la experiencia cotidiana. Una coincidencia que se explica con facilidad: lo que crean no es más que aquello que pretenden vender, no puede ser contrario a lo que hay ya que, en fin, nadie lo compraría. 

–Interesante lo que comentas, Antón, y cierto en parte. No obstante, ignoraba que Bad Bunny fuera un referente y precursor cultural de nuestro tiempo. Más bien, su éxito parece deberse a que refleja aquello que las personas, por vivir en el mundo en el que vivimos, no pueden ser, y por ello lo anhelan. No es esta cuestión de la que pretendo ocuparme, ya que se hace tarde y ello nos daría, como mínimo, para otro simposio. Lo que pretendo decir trata sobre tu admirable sentido de la metáfora; pues desconozco si la sombra es o no es mía, al igual que mi reflejo, en el sentido en que lo dices. Un sentido, por cierto, cambiante como nuestro río, dependiendo de la posición en que la luz incide sobre tu cuerpo. Estas no son más que proyecciones en una superficie captadas a través de nuestros sentidos; y sabes, porque lo dice la propia palabra “sentimiento”, que lo sentido, miente. Asuntos relativos a la apariencia, Antón, como la música, y tantas otras cosas, incluidas esas representaciones idealizadas de tus experiencias pasadas a las que has llamado recuerdos inmutables partes de tu alma. Y no serías capaz, dado el caso, de distinguir el vino de la ginebra, si jamás los hubieras probado y por tanto no los conocieras.

–Supongo que no.

–¿No es eso lo mismo que decir que el conocimiento nos acerca a la verdad? Si esto es así, el desconocimiento o la ignorancia, nos acercan a la mentira; por esta razón son reprochables sendos estados y nadie pretende permanecer mucho tiempo sumido en ellos. De igual forma, tus afirmaciones no se basan en un conocimiento verdadero, sino en tu habilidad para la retórica y elocuencia. Porque si fuera verdadero conocimiento, sabrías con certeza que la música que en este instante escucho es la misma que está percibiendo tu oído. Estas percepciones son engañosas, pero son las herramientas que tenemos para construir y transformar la realidad, y la verdad.  

–¿No equivale ello a decir, entonces, que esa realidad es causa de ti, o lo que es lo mismo, parte de ti?  

–Sí; con la diferencia de que tú sitúas esa fuente de realidad en algo trascendental como el alma, y yo afirmo que la única realidad trascendental es el ser humano mismo. El hombre, querido Antón, es la medida de todas las cosas.

–¿No querrás decir que es la unidad de medida? En cualquier caso, prosigue.  

–Por lo anterior, es preciso desprenderse de los afectos; pues la realidad es un producto que puede quedar empañado por ellos, y nublar nuestra razón. Puedes observar ejemplos de sobra a lo largo de la Historia; y de asomarte, te percatarás de que el sol giraba realmente alrededor de la tierra, hasta que Copérnico, uno de esos pocos hombres liberados de las cadenas afectivas, convenció a todos de lo contrario. Algo que, de no haberse dado, seguiríamos pensando, por brillante que fuera su intelecto. De ahí que la música, realmente, sea buena por cuantos más lo digan en cada momento; dado que es inevitable que esta no forme parte de los afectos al entrar por los oídos. ¿O es que existe diferencia práctica entre convencer a alguien de algo que es verdadero y de algo falso? ¿Sabes tú distinguir lo verdadero de lo que los hombres piensan que es verdadero? Si leyeras más el periódico y siguieras a quien sigo yo en Twitter, te darías cuenta de que el Poder constituye lo real, como los famosos, en este caso, lo musical… 

Y les dieron las doce. Todos huyeron, excepto Wolfgang, Antón, y el anónimo Camarero: 

–Invita la casa –dijo el Camarero–, poniendo sobre su mesa otros dos cacharros de ginebra. Echó la verja, cerró la puerta, bajó el volumen de la música para no llamar la atención de las criaturas de la oscura y horrorosa noche, y se sentó.

–Supongo que soy bienvenido. Es mi bar, es mi ginebra, y estáis aquí ilegalmente.

–Lo eres, y también muy amable –Antón, por su parte, asintió–. No obstante, puede que no estés interesado en unirte a la conversación.  

–Llevo en la conversación toda la noche; simplemente mi turno para interrogaros aún no ha llegado.  

–¿Sabes tú si Dire Straits es mejor que Bad Gyal, ya que pretendes interrogarnos a mi y a mi amigo? –preguntó Antón–.

–Digamos que sé de música lo mismo que vosotros, considerando que apenas habéis mencionado aspectos técnicos durante vuestra discusión. Entiendo, por ello, que ninguno es profesionalmente músico.  

Ambos negaron con sus cabezas.

–Entiendo. Podría recurrir a un uso tramposo de las palabras, como en algún momento habéis hecho vosotros, y preguntaros cómo os atrevéis a tener esta conversación; habéis mencionado la técnica, habéis comparado la música con la ciencia, habéis discurrido durante horas con exposiciones perfectamente lógicas, casi matemáticas, como si ésta fuese en realidad una discusión cuya verdad puede alcanzarse por medio de las palabras; como si pudiera explicarse por qué Bad Gyal es peor que Dire Straits, o al revés. Todo ello, sin saber leer una partitura. Pero no las haré, porque no es necesario. ¿Qué se de música? Llevo treinta años detrás de una barra. He escuchado toda la música que os podáis imaginar, día tras día, variada y repetitiva, de todos los géneros habidos, y solo sé una cosa sobre lo que os preguntáis.

–Sorpréndenos –respondieron ambos al Camarero–.

–Antes de entrar en esa cuestión, es preciso que determinemos a qué virtud pertenece la música. Ya que esta pertenece a una virtud, en tanto su propósito es un cierto tipo de bien, ¿es así?  

–Es evidente que sí –asintieron a la vez–.

–Se ha hablado, como hemos dicho, de la música en relación con la Ciencia; y por ello habéis tratado de determinar con la misma exactitud que un físico calcula la velocidad de un cuerpo, quién es mejor que el otro. Sobre este punto, he de advertir a uno de vosotros que la disposición a discutir sobre el “qué es mejor”, implica aceptar una diferencia cualitativa entre una y otra cosa de la misma clase; pues las comparaciones entre el tocino y la velocidad no tienen sentido, como bien sabéis, y solo proceden entre iguales en género o especie. Lo otro, consistiría en hablar sobre “más que”, y no sobre “mejor qué”. En segundo lugar, he de advertiros a ambos que las ciencias son concepciones que versan sobre cosas necesarias y universales; de tal forma que la Ley de la gravedad opera igual en mi bar que en Corea del Norte, mientras que Bad Bunny ni va a actuar allí, ni se le espera. ¿Estamos de acuerdo?

–Suponemos que sí.  

–Por ello la música no se encuentra entre las ciencias; y traducirla en términos científicos sería como ponerse unas gafas para ver de lejos, lo que tenemos frente a nuestros ojos; percibiendo finalmente una imagen desdibujada del objeto estudiado.

Sobre si es una técnica, estaremos de acuerdo en que cualquier técnica consiste en hacer algo. Aquello que hacen los técnicos recibe el nombre de técnica porque, entre otras cosas, existe un modo concreto de hacerlo; de tal forma que yo, pese a haber arreglado mi caldera el lunes gracias a un tutorial de YouTube, ello no me convierte en técnico de calderas; porque en realidad, mi conocimiento y disposición hacia la reparación de calderas es nula, y conseguí arreglarla por causa de otro. De modo que, ¿cuál es la técnica de la música, si es que existe? Quizás la respuesta, atendida la pluralidad de géneros, estilos e instrumentos, deba plantearse respecto del instrumento en concreto; pues la técnica en la batería es distinta que la técnica en el violín, y la comparación solo procede entre iguales ¿estoy en lo cierto?

–Excepto si entendemos que el verdadero instrumento es el sonido –respondió Wolfgang–.

–En efecto, podría ser. Pero si la música fuera una técnica, estaríais desviándoos de vuestra conversación; pues en todo momento habéis tratado de responder al “por qué”, mientras que las técnicas responden al “para qué” o “para quién”. De esta forma, el constructor tiene por función construir, el ojo tiene aparejada la función de hacernos ver, y ambos una finalidad relativa a una cierta clase de bien ¿verdad? La casa es el bien realizado en la Construcción, o la salud el bien realizado en la Medicina. ¿Cuál es, entonces, el bien realizado por la música? ¿Para qué sirve la música?

–Parece del todo indescriptible –dijo Antón–.

–Desde luego, como el color amarillo; ¿seríais capaces de explicarle el color amarillo a un ciego? De la misma manera que el color amarillo entra por los ojos, la música entra por los oídos; y entendemos lo que son. Y sabríamos diferenciar la música del ruido, como el color verde del amarillo, pero no explicar lo segundo, o por qué Dire Straits es mejor que Bad Gyal. Luego, en algo tendrá su protagonismo aquello que se entiende, se intuye, pero no puede expresarse por medio de palabras o números de manera concreta y precisa, sino mediante un bosquejo. ¿Pierde por ello belleza el color amarillo?  

–No lo parece –dijeron a la vez–.

–Por supuesto que no. La Medicina, por ejemplo, cura a los enfermos, pero no todos los enfermos requieren ni la misma cantidad de medicina, ni el mismo tipo de medicina. Si quisiéramos emocionarnos, escogeríamos una canción de Bob Dylan, y nos emocionaríamos. Pero Bob Dylan estaría perdido en la guerra, ninguna batalla discurre al son de Billy Joel, y ninguna montaña es escalada con Pachelbel a cuestas; quizás con Howard Shore. Y lo mismo sucede con el vino, que no acompaña a los cereales durante el desayuno; o al igual que vosotros, que habéis concertado este simposio, ¿verdad?

–En efecto, lo hemos concertado –respondió Antón–.

–Y de haber venido solos, ¿qué habríais bebido: vino, ginebra o agua?

–Agua hubiera sido mi elección, lo más seguro –dijo Wolfgang tras vaciar su vaso–.

–Es de toda necesidad; pues el vino sabe mejor en compañía, como la música también depende de la relación o situación de que se trate. Y si dijéramos que, en resumen, una vida virtuosa consiste en hacer lo que hay que hacer en cada instante, en estar donde hay que estar y con quien hay que estar en cada momento, escuchar música virtuosamente consistiría, pues, en escuchar lo que proceda en cada momento, acompañado de quien se quiera. Sobre todo, porque si la música fuese la última de nuestras consideraciones, un arte, su finalidad sería alcanzar, en la medida de lo posible, la belleza; lo que se concreta, para el espectador, en que la finalidad de la música es su contemplación atendiendo a lo que se busque: ya sea paz, reír, bailar o llorar. Ello es el medio para hacernos un poco más felices, como la contemplación de un paisaje; una contemplación que nunca ha sido solo cosa de la vista, en tanto la razón y el oído son igual de propios del ser humano que sus ojos. O los afectos de los que tú, querido amigo –refiriéndose a Wolfgang–, predicas desprenderte; son ellos causa de que hayáis venido aquí, y por extensión, de vuestro simposio, la música y tanto vino.

Comenzó a sonar una canción que parecía “Dreams” de “The Cranberries” y los huéspedes seguían el coloquio. A lo que el joven Wolfgang, tan habituado a preguntar y a su gusto musical, preguntó:

–Gracias por tu compañía y por las copas, amigo. Sin embargo, tengo curiosidad y no me funciona el Shazam. ¿Cómo se llama la canción que has puesto, y cómo has dicho que te llamas?

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