Un nuevo orden emocional

Eva Jiménez || @la_pensatriz

Hemos visto a lo largo de estos últimos meses cómo la cuestión emocional se ha intensificado ocupando espacios en los telediarios, ofertando cursos para su gestión, recomendando prácticas de identificación y control emocional y, sobre todo, mostrándonos las secuelas y consecuencias de la expresión afectiva.

Parece ser que han resurgido de sus cenizas, que esta pandemia nos ha enseñado que existían y que cada cual disponíamos de unas pocas. Como si de algo extraordinario se tratara, se comenzó a sugerir a la población que sus crisis emocionales eran a causa de la situación excepcional por la que todo el planeta estaba pasando.

Pero no nos engañemos, las teorías psicológicas llevan años acaparando el estudio de las emociones en prácticamente todos los ámbitos de la sociedad, relegando a un segundo plano el valor social de las emociones. El estudio y trabajo psicológico en el campo emocional ha estado guiado por prácticas orientadas a la terapia, a la “patologización” emocional y a la dictadura de la “auto-“.

Propagar entre la sociedad el pensamiento del “todo nace de uno mismo y la solución está en ti”, implica la homogenización del pensamiento y la creación de un prototipo de sujeto que opera bajo los intereses de la “industria de la motivación”. De este modo y con la esperanza de algún día poder conseguir la felicidad plena, nos sometemos a una constante revisión de nuestros pensamientos con el objetivo de eliminar cualquier juicio negativo para estar siempre motivados (Liria, García y Galindo, 2018).

La exigencia de estar siempre feliz (para ser más productivo) y con aptitud positiva se convierte en una forma de coacción y mercantilización de nuestras emociones. Hochschild (2008) defendía que cuando los gestos afectivos formaban parte del sector mercantil estos, se compran, se venden y son cotizados por las empresas. La “venta” de la personalidad nos lleva a cuestionarnos: “¿Esto es lo que siento o lo que tengo que sentir?” (p.152).

Por su parte, numerosos estudios filosóficos, sociológicos y antropológicos han aportado una visión crítica hacia esta “industria (psicológica) de la felicidad” (Davies, 2015). A pesar de que estas teorías positivistas tienen una base social, política y económica, han obviado la fuerza del factor sociocultural de las emociones. 

De hecho, muchas investigaciones ha demostrado que las emociones dependen de unas condiciones sociales de existencia y que cada cual interpreta sus situaciones a través de su sistema de valores que se reflejan en las respuestas afectivas (Le Bretón, 2013). Son, en palabras de Abramowski (2010) “significados culturales que conciernen a un “yo” en relación con “otros” (p.33).

No podemos aceptar que todo depende de uno mismo. Nuestras emociones se construyen en sociedad, con los valores de nuestra cultura y bajo una historia personal. Somos emoción y somos sociedad. Lo que los grandes mandatarios (gobiernos, empresas, bancos, etc.) deciden nos afectan y condicionan nuestras emociones. No es casualidad que las emociones interesen a las empresas, son una de las herramientas de manipulación social más poderosas de nuestro siglo.

Tampoco podemos aceptar que la búsqueda de la felicidad nos haga infelices y, mucho menos, que se las emociones se conviertan en un instrumento al servicio de los poderes políticos, económicos y empresariales capaces de construir ciudadanos sin capacidad crítica.

Todo parece vaticinar que las emociones están para quedarse y que en estos tiempos de pandemia nada parece lo que es:

  • A los sanitarios que durante la pandemia no han tenido medios suficientes se les llama héroes sin capa;
  • A las niñas y niños se les llama supercontagiadores, según interese.
  • La pobreza educativa y la falta de medios para continuar una enseñanza online se llama generación perdida;
  • La presidenta de la Comunidad de Madrid afirmó que “al 100% de los niños les encanta la pizza” para justificar los menús de comida basura que la comunidad ofrecía a las niñas y niños más vulnerables;
  • Se llama lenta recuperación a las secuelas del coronavirus;
  • Los que nos han dejado se llama a los muertos.
  • El lazo como símbolo del luto se ha cambiado por una flor como si de algo bonito se tratara;
  • Al hambre se le llama aumento de peticiones en los comedores sociales.
  • Y, a discriminar a la población por razones de enfermedad se llama cartilla covid.

Las emociones llevan acompañando al ser humano desde su existencia, son y serán parte de la cultura, de la sociedad, de las relaciones y del lenguaje. Ahora tenemos la labor de aplicar la crítica, la reflexión y el sentido común. De hecho parece que aquí todo es posible, que si sueñas puedes y si no, trabaja la “autoinfelicidad”, medita, que solo tú eres dueño de tu destino, o eso dicen. 

Eva Jiménez

Referencias bibliográficas

Abramowski, A. L. (2010). Maneras de querer: los afectos docentes en las relaciones pedagógicas. Buenos Aires: Paidós.

Davies, W. (2016). La industria de la felicidad: cómo el gobierno y las grandes empresas nos vendieron el bienestar. Barcelona: Malpaso Ediciones SL.

Fernández Liria, C., García Fernández, O., y Galindo Fernández, E. (2017). Escuela o barbarie: entre el neoliberalismo salvaje y el delirio de la izquierda. Madrid: Ediciones AKAL.

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