¿Cambiamos la sociedad o la sociedad nos cambia?

Por Manuel Fuentes Martínez || @manuel.fuentes.martinez

El problema de concebir que el cambio individual no genera cambios sistémicos, sino que el cambio sistémico el que genera nuevos individuos es la suposición que integra: que el individuo queda totalmente designado por la sociedad. Si bien, desde mi postura, prefiero hablar de un yo como una singularización de los nexos comunitarios, es decir, el yo como la singularidad contingente de las comunidades que en su entrecruzamiento me integran, esto no quita, que los lenguajes que me constituyen no puedan redescritos metafóricamente.

Si aceptamos el presupuesto de que la sociedad es la que determina a los individuos totalmente ¿Cómo es posible que se dé un cambio? Hay dos opciones: o la sociedad misma genera, en su trascurso histórico, su propia destrucción y reconstrucción o el presupuesto es incorrecto. Para crear un cambio debe haber un grupo social y cultural lo suficientemente grande que comparta un proyecto común y que tenga suficiente poder como para tentar a que sus ideas se conviertan en hegemónicas, produciendo el cambio social. Esto integraría que cualquier sociedad tiene en sí misma, ciertas contradicciones que la llevan a cambiar. Pero esta concepción fundamentalista de la sociedad no cuadraría con los datos etnográficos que tenemos de culturas ancestrales, culturas que están muy aisladas o totalmente aisladas, y que no han cambiado sistémicamente. Es más, podemos considerar que sabemos cuáles son las propias contradicciones del capitalismo, como configura la subjetividad de los individuo-consumidor haciendo que tenga ciertas exigencias de consumo que no siempre pueden ser resueltas (véase Capitalismo Gore, Sayak Valencia). Sin embargo, los cambios adaptativos a esas exigencias van desde la integración en culturas violentas e ilegales, como lo que ocurre en los países latinoamericanos en general y, por dar un ejemplo cercano, lo que ocurre en la línea de la concepción, hasta la resignación y el consumo de drogas, además de estrategias no violentas para los miembros de un grupo, como puede ser un supuesto apartamiento de la sociedad y el rechazo a las exigencias en una vida ecológica y comunal (el caso de Fraguas). Ni las unas ni las otras son disfuncionales al capitalismo: las primeras solo son readaptaciones de la estructura capitalista a nuevos capitales simbólicos que dan acceso al cumplimiento de las exigencias por vías no legales. Son interesantes para comprender como funciona el consumo, la producción y la distribución en torno a culturas que denominamos marginales, pero para el caso, son una negación del presupuesto. Las segundas son más interesantes. Cuando me refiero a ellas como no disfuncionales, me refiero a que no tienen la capacidad de tenar a su hegemonía. ¿O sí? Si la sociedad determina casi absolutamente a los individuos que la integran, casos como el de Fraguas son marginales y tiene poco recorrido. Pero si la sociedad, como podemos sostener con datos empíricos, determina al individuo en cierta medida, pero no absolutamente, ¿por qué no puede haber una conversión de cierto número suficiente de personas para que se vuelva disfuncional? Analicemos (he de decir que asumiendo mis lagunas en el tema) la emergencia del movimiento feminista. Podemos ver en el feminismo, y sus casos a lo largo de la historia, la historia de una metáfora que no siempre se literalizó, es decir, se hizo hegemónica. Sin embargo, en el siglo XIX y XX, la metáfora toma fuerza: lo que antes no tenía sentido “la mujer es igual al hombre”, no tenía un lugar en un juego del lenguaje, comienza a tenerlo en el juego de lenguaje de ciertos individuos. Para ellos, se literaliza. Estos individuos, en principio separados, convierten a otros: poco a poco se extiende la literalización de la metáfora. Así con sucesivas revisiones y literalizaciones, a día de hoy es difícil pensar que la mayor parte de la población no encuentra sentido a “las mujeres son iguales que los hombres”. Pero esto solo es posible, por la pujanza y la vanguardia de esos y esas poetas (en sentido muy amplio) que variaron el lenguaje, variando con ello las creencias –entendidas como hábitos de acción. Creo que el presupuesto correcto, para poder alcanzar los objetivos culturales y sociales, que muy probablemente compartimos, es pensar que nuestra acción como yoes puede cambiar las cosas, aunque no tenemos la seguridad de que lo haga: no hay ley física que nos diga cómo conseguir nuestros objetivos, solo podemos jugar. De esta manera, no niego que la sociedad determine al individuo, sino que lo haga absolutamente.

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