Llámame Marta

Llevo más de una hora mirando una hoja en blanco sin saber por donde empezar, pero da igual porque todavía me queda tiempo suficiente hasta que vuelvas. Tal vez debería empezar por pedir perdón por ser como soy, por haber nacido de esta manera. Pedir perdón por ver mi cuerpo como una armadura que solo deja ver el metal, como algo que hace que la gente me vea como marcan sus reglas y no como yo me veo al mirarme en el espejo. No como yo de verdad me siento.

He intentado explicar esto miles de veces, de forma que todos me entendieran y se dieran cuenta de que es algo normal, que yo no era diferente a los demás. Pero no ha servido de nada. Solo para que yo llegara a pensar que de verdad no soy como ellos, que soy un bicho raro. He soportado dos años de miradas de desconfianza y de miedo en las que podía leer: «No es como yo, es diferente. No es nadie». He visto a la gente apartarse de mí cuando pasaba cerca de ellos. He soportado risas, insultos, empujones y algún puñetazo. Incluso de mi mejor amigo. Ese en quien confiaba con los ojos cerrados y que llevaba conmigo desde que tengo uso de razón. Ese que era como mi hermano. Pero lo que más me dolió es que tú también me miraras como todos los demás, mamá. Que tú y papá lo hicierais. Me acuerdo de cuando os dije como me sentía y solo dijisteis: «Deja de decir tonterías, ¿no ves que eso no tiene sentido?». Y me mirasteis como si estuviera loca. Y sí, he puesto “loca”, no me he equivocado. Me acuerdo de la primera vez que papá me vio los cortes en la muñeca y me dijo que lo hiciera más, a ver si me moría de una vez. Creo que es lo único que me ha dicho en estos dos años. Todavía tengo la esperanza de que no sea eso lo que de verdad quiere, aunque es difícil mantenerla sabiendo que se ha ido de casa porque no quiere verme.

Mamá, sé que piensas que te he fallado, que no merezco ser parte de la familia y que te avergüenzas de mí. Quiero que sepas que la noche que me gritaste que éramos el hazme reír del barrio por mi culpa, sé porque lo hiciste. Sé que lo hiciste porque esa tarde una de tus amigas de la iglesia te dijo que tenías al diablo reencarnado en casa, refiriéndose a mí. Yo solo pude irme a mi cuarto y encerrarme a llorar, aunque eso ya era una rutina para mí. Tú piensas que te he jodido la vida, pero piénsalo bien. Os he escuchado discutir a papá y a ti por mí, has pasado días enteros sin dirigirme la palabra y te he escuchado decir que no tenías nada que ver conmigo. Ni siquiera te has preocupado de si estaba bien o lo estaba pasando mal. Porque solo te preocupabas por ti. Y llevas dos años sin decirme que me quieres. Y podría seguir enumerando cosas. Ahora dime, ¿quién le ha jodido la vida a quien? Me abandonaste cuando más te necesitaba y ahora lo único que tengo son ganas de morirme.

Te escribo todo esto para decirte adiós. Estoy en el balcón y, cuando miro hacia abajo, solo puedo imaginarme mil metros de aquí al suelo. Pero hoy ya no le tengo miedo a saltar porque son mil metros hasta tu felicidad. Siempre te querré, mamá, a pesar de todo.

Pd.: Cuando me entierres no pongas “Daniel” en mi lápida, pon “Marta”, porque así es como yo me siento.

Esta historia no es real, pero hay muchas personas que sufren por esto a diario. Respetemos a todos sean como sean, todos somos personas. Hagamos un mundo donde todos podamos vivir felices siendo nosotros mismos.

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