El frío de los cristales rotos

Por: Liliana Orallo

A veces todo se vuelve negro e imagino un escenario…

Un hombre agarra a una mujer y la agita como si de un recipiente se tratase con la intención de
vaciar su contenido. Exigiendo algo que desconoce, se engrandece por momentos como una chispa que prende un incendio. Ella se siente vacía como una botella que ya entregó su última gota zigzagueando por el vidrio hasta el borde de la boca. Impetuoso y ardiente busca ese líquido en el lugar y de manera inadecuada. Llora porque siente frío y el impacto de unas armas en plena batalla.


Otra escena. Dos seres humanos se acercan y se alejan. Se mueven como marionetas. ¿Alguna
vez te has sentido movido por otras manos? Ellos creen sentirse así, a la espera del siguiente
movimiento antojado por otro. Los gestos corporales hablan de un sufrimiento interior. Un cuerpo que encierra y calla lo que el alma llora y grita. Cuerpos que monologan y dialogan. No necesitan de nada más. No se sirven de nada que no sea suyo. Expresan su torbellino emocional sin emitir
sonido. Palabras fuera.

Yo muevo sin cesar las piernas. Tengo frío. Estoy tiritando.

Como erizos en una gélida noche, todos buscamos el calor. Sin otra fuente de alivio que nosotros mismos, nos acercamos, nos acurrucamos sintiendo esa candidez ajena tan reconfortante. En ese justo momento, donde cuerpo con cuerpo se junta y da, surge el dilema. Schopenhauer lo sabía bien. Las púas pinchan y el dolor es insoportable. Pinchazos y frío, vulnerabilidad y soledad. Nos separamos evitando las punciones pero la oscuridad azota con su rigor. Los erizos vuelven a sentir
el invierno, duro y afilado, como agujas.


Al igual que estos pequeños mamíferos, nosotros también nos llevamos las heridas a un lugar más seguro. Otras veces no dejamos que resulten indiferentes. Hacemos salpicar nuestra sangre para evitar la impunidad. Comienza una escena absurda de bofetadas cada vez más absurdas, dolorosas y ridículas.

Y de repente… un vaso estalla y los pequeños cristales nos llevan a un proceso de regresión al
estado anterior. Ya nada es igual.


Los pedazos que quedan del vaso nos escuecen entre espasmos y susurros. Remordimientos nos
obligan a volver la mirada hacia atrás. Es tarde. La actuación ha terminado, el telón se cierra y
nuestro cuerpo todavía recoge cristales rotos. El conflicto nos ha sobrepasado. Deberíamos
comunicarnos mejor.


Deberían llover cristales, quizá nos recordase lo estúpidos que podemos llegar a ser cuando no somos conscientes y responsables de nosotros mismos.

Sed cuidadosos con los vasos con los que jugáis. Los cristales os pueden cortar y una lluvia decristales puede ser peligrosa…como púas entre la carne. Y con todo este frío y dolor, desconcierto y desconsuelo la clave está en encontrar la distancia adecuada, la soportable, la calidez perfecta.

Ya lo decía Luis Cernuda en su obra Donde habite el olvide: “Como los erizos, ya sabéis, los hombres un día sintieron su frío. Y quisieron compartirlo. Entonces inventaron el amor. El resultado fue, ya sabéis, como en los erizos”.

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