31 de enero

Fernanda Itzel Acosta.
[Morelia Michoacán, México.]

31 de Enero. 

El día de hoy mi identidad no es importante.
Puedo ser cualquiera.
El día de hoy alguien decidió por mí.
Ya no tengo nombre. 
No me di cuenta de peligro hasta tenerlo de frente, 
grité, lloré y pedí ayuda quizá inútilmente 
porque sentía que solo daba pasos de ahogado.
Llegaron a mi vida como el caballo de la noche,
me han robado el sueño y la tranquilidad 
y en su lugar han traído una atmósfera asfixiante. 
He perdido la noción de lo que pasa en el exterior:
encerrada en cuatro paredes, privada y herida, 
vi pasar la eternidad en apenas un segundo. 
El día de hoy, 31 de Enero,
a un mes de comenzar el 2019 
ya no pertenecía a mi misma, 
mi cuerpo era cada vez más quebradizo,
de mis ojos brotaban torrentes de agua /o de sangre/
y de mi boca, el último aliento y el último grito
para seguir luchando pese a no tener fuerza.

1 de Febrero. 

Todos nos preguntaremos al unísono 
acerca de lo que hicimos mal.
Las palabras ya no fluyen.
El tiempo ya no corre.
Muerte intermitente sin razón de ser.
Vida que en un soplo o en un disparo 
termina por desvanecerse.
Ultimo pensamiento, ultima respiración,
ambos entrecortados por el pánico. 
No he logrado sobrevivir


 2 de Febrero.

Para el día de hoy, 2 de Febrero, 
mi cuerpo se convertirá en un cadáver,
sin vida, sin pulso, sin ritmo.
Estaré descansando en la oscuridad, 
muy en el fondo de las aguas de un río 
o dentro de un basurero de la ciudad.
Mi familia ya me habrá buscado, 
y mi rostro ahora desfigurado
formará parte del noticiero del medio día. 
Se hablará de mí pese a que no me conocen,
Se dirá que fui  valiente en extremo
y que luché contra la más temible de las fieras.
La justicia va a llegar como siempre 
pero a las manos equivocadas.
Mis agresores consiguen la libertad
y a pesar de que ya no conservo la vida 
vuelvo a temblar y a morir de miedo
porque sé que no seré la única
y que como yo habrán muchas más.

Sin fecha.

Se hizo justicia en manos equivocadas.
Ya no se recuerda mi caso, ni mi rostro,
mucho menos la identidad que tuve 
y nunca importó.

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