200 años de Frankenstein y su locura

Por: Naím Alonso

@naim.alonso

Cuando me preguntaba cómo llamar esta intervención, me pregunté si titularla Frankenstein como doctor-Creador, como nuevo Prometeo o como desafiante de la divinidad. Sabía que el objetivo que quería marcar desde el principio, y quiero exponerlo desde ya por si no lo consigo, es trazar la problemática que la novela de Mary Shelley pretende asumir con ser nosotros, los humanos, portadores-ladrones del fuego de la vida, como Prometeo, de esta cualidad atribuida a Dios a lo largo de la Historia. Ese aspecto trascendental, o no, que se encuentra en la obra de Shelley. Por ello, he decidido titularla como “200 años de Frankenstein y su locura”. Es muy visual esta imagen.

El doctor Víctor Frankenstein, casi como un científico loco, se atreve a atravesar la línea de la vida y la muerte. Trataremos, en un primer momento, la cantidad de ocasiones en las que se menciona diferentes términos trascendentes en la obra de Mary Shelley. Posteriormente, haremos una lectura análoga entre algunos relatos bíblicos, como la Creación en el Génesis y, en un último momento, nos fijaremos en la apuesta del ateísmo.

En lo primero que tenía intención que nos fijáramos esta mañana es en las ocasiones en las que Shelley menciona a “Dios” en su obra. En un total de veinte ocasiones he contado que aparece explícitamente mentado el papel de la divinidad. Si bien es cierto que en su mayoría se tratan de expresiones como “Ay Dios mío”, “Dios me perdone” o “Dios lo sabe”, haciendo más referencia, al menos aparente, a una figura literaria que a lo que a la divinidad misma se refiere. Me gustaría hacer hincapié en que aunque conocemos muchas religiones, cabe señalar que nos referimos necesariamente al Dios del cristianismo.

Para realizar un contraste, podemos observar también que la aparición, en conjunto, de la palabra “Satán”, “Satanás” o “demonio” llegan a la treintena. No solamente porque Víctor se extrañe ante lo aberrante de su Creación, sino porque la misma creatura se identifica con Satán. Y digo creatura y no criatura por querer fijarnos especialmente en lo que a Creación se refiere en el término.

En la lectura de la obra de Shelley, distinguimos que el monstruo devora varios libros, pero le tiene un especial cariño a El paraíso perdido de John Milton, del que por otra parte recomiendo su lectura. Y dice:

“Pero El paraíso perdido despertó en mí emociones distintas y mucho más
profundas. (…) Como a Adán, me habían creado sin ninguna aparente
relación con otro ser humano, aunque en todo lo demás su situación era
muy distinta a la mía. Dios lo había hecho una criatura perfecta, feliz y
confiada, protegida por el cariño especial de su creador”.

Se compara, en primer lugar, con la figura de Adán. Recordemos el pasaje bíblico en el que se crea a Adán para ilustrar análogamente ambas creaciones:

“Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra
semejanza; y que le estén sometidos los peces del mar y las aves del cielo,
el ganado, las fieras de la tierra, y todos los animales que se arrastran por
el suelo». Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los
creó varón y mujer (…) Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era
muy bueno”.

 

Se trata del primer relato de la Creación, de los dos aparecidos en el Génesis, pero es el más cargado de contenido que podemos comparar con esto que nos dice la creatura de Víctor:

 

“Dios, en su misericordia, creó al hombre hermoso y fascinante, a su
imagen y semejanza. Pero mi aspecto es una abominable imitación del
tuyo, más desagradable todavía gracias a esta semejanza. Satanás tenía al
menos compañeros, otros demonios que lo admiraban y animaban. Pero
yo estoy solo y todos me desprecian.”

 

Por un lado, Dios ve que su obra es muy buena en la Creación bíblica. Por otro lado, el monstruo se queja precisamente de que su creador no ha sido misericorde con él. Vemos, entonces, en un primer lugar esta apuesta de una creatura que es arrojada al mundo, ese da-sein heideggeriano del ser en el mundo. La creatura es, Adán es, ambos son arrojados por el Creador y luego la vida acontece.

En el caso del monstruo de Frankenstein vemos ya mencionado en la anterior cita que he referido acontece más bien la vida como destrucción. Nombra a Satanás. Y veremos porqué.

“Con frecuencia pensaba en Satanás como el ser que mejor se adecuaba a
mi situación, pues como en él, la dicha de mis protectores a menudo
despertaba en mí amargos sentimientos de envidia.”

Satanás, Satán o Lucifer, era llamado Luzbel antes de ser un demonio. Se trataba, según la tradición judeocristiana, de una de los más bellos seres angélicos que Dios había creado y se había revelado contra él por envidia, por creer ser mejor que él, comparándose, envidiando su poder. El monstruo entonces, no solo llega a compararse con Adán en cuanto a su creación, en cuanto al arrojamiento al mundo y al sentimiento de abandono de las manos de su Creador, sino que también se ve identificado con Satanás. Por la envidia que le generaba la felicidad de sus protectores, y también por el deseo constante del mal hacia Víctor.

En el relato bíblico reconocemos, también, que Adán no se siente solo. Le acompañan en el Paraíso un sinfín de seres que también son creados. Incluso, vemos cómo la creatura le pide a Víctor una compañera y él, con miedo a que fuera también aberrante o que se reprodujesen desistió. En este sentido, durante toda la obra, vemos la constante figura de la criatura de Frankenstein y sus quejidos incesantes debido a su soledad:

“Ninguna Eva calmaba mis pesares ni compartía mis pensamientos
––¡estaba solo!––. Recordaba la súplica de Adán a su creador. Pero ¿dónde
estaba el mío? Me había abandonado y, lleno de amargura, lo maldecía.”

La criatura, sola, abandonada, arrojada a su suerte, maldice a su Creador de manera constante. Y hemos decir que es una experiencia no solo de esta creatura, sino también de nosotros, Adanes y Evas, Y también sucede así con muchas figuras del plano bíblico:

Vemos en primera de Reyes la figura Elías, que desea que el Creador, Yahvé, lo elimine de su existencia. Y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Yavé, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres (1 Reyes 19,4)

También en Job, con esa figura del sufrimiento del justo, desea durante todo el libro de Job no haber nacido, no haber sido engendrado o no haber sido creado, haciendo esta analogía frankensteniana.

¿Por qué no morí yo en la matriz, o expiré al salir del vientre? ¿Por qué me recibieron las rodillas? ¿Y a qué los pechos para que mamase? Pues ahora estaría yo muerto, y reposaría. Dormiría, y entonces tendría descanso (Job 3,11-13).

Pero no solo estas figuras del Antiguo Testamento sienten abandono, desdicha y mal en su existencia. También ocurre en el Nuevo Testamento con la figura de Cristo:

“Eloi, Eloi, lamá sabactani” Grita el mismo Cristo en la cruz segundos antes
de morir, que significa, “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?”
(Mc 15, 33–34).

Dejando a un lado, creo que ya hemos hecho una comparación bastante seria y nutrida de la existencia y la Creación bíblica y del sentimiento de la creatura de Víctor, nos adentramos en una propuesta que vendría ya desde el movimiento ilustrado, que abandera el Romanticismo y que Mary Shelley también plasma en su obra: la propuesta del ateísmo.

Este “robo del fuego” a los dioses por parte del Dr. Víctor Frankenstein es una extrapolación del contexto en el que Mary y Percy Shelley vivían. Recordemos, por un lado, que Percy era profundamente ateo y fue sonoro su panfleto publicado en el año 1811 llamado La necesidad del ateísmo.

¿Es cuestión de casualidad que sea Ingolstadt el lugar elegido por la autora para la creación de la criatura? Para nada. No solo por el renombre progresista de la facultad de medicina en la Universidad de esta ciudad, sino que allí mismo fue fundada la sociedad secreta de los Iluminados o Illuminati, a la que el propio Percy Shelley pertenecía. Incluso, los procesos de alquimia y de investigación científica eran propios de este mismo contexto social romántico. En todo este marco, Percy había invertido mucho tiempo en leer, aprender y establecer sus propias deducciones sobre lo trascendente, como la siguiente: “La religión significa intolerancia en sí misma. Las diferentes sectas solo toleran sus propios dogmas (…) Saben que les temes; pero si te mantienes de pie al margen, entonces ellos te temen a ti”.

Shelley fue el primer defensor público del ateísmo en Inglaterra, con todo lo que ello suponía. La firme creencia en sus propias ideas le llevó a verse expulsado de la universidad y a ser desheredado por parte de su familia. Podría haber evitado esta exclusión social simplemente retrayéndose de sus afirmaciones, pero fue coherente y prefirió vivir una vida difícil pero auténtica, al margen de todo lo que despreciaba.

En “La necesidad del ateísmo” Percy Shelley se declara ateo por falta de pruebas y aporta decenas de argumentos basados en la ciencia y en la observación, que dificultan la creencia en la existencia de una deidad. Entiende que cualquier dios es una mera hipótesis creada por el hombre, y plantea la sospecha de que ninguna religión acepta que se ponga en tela de juicio sus dogmas, sino que estos deben admitirse y darse por válidos.

Y llegados a este punto caben las preguntas: ¿queda enfrentada una Creación bíblica y la creación de Víctor Frankenstein? ¿es verdaderamente Frankenstein o el moderno Prometeo un texto sin-Dios, que podamos tachar como no trascendente? ¿Mientras Mary Shelly escribía Frankenstein, no tuvo presente el aspecto sublime de lo divino?

 

 

 

Anotaciones:
– Se casan en 1816 en la iglesia de St. Mildred en Londres. Pertenece a
la Iglesia de Inglaterra, anglicanismo
– La criatura de Frankenstein vive la sensación de abandono como
pueblo de Israel con el becerro de oro, apóstoles antes de
Pentecostés (Hch) (El espíritu de la soledad de Percy Shelley).
– Más claros ejemplos de filosofía política de Percy Shelley. El tema
central de “Ozymandias”; es la inevitable decadencia de todos los
líderes y de los imperios que estos construyen sin importar cuán
poderosos fueron en su tiempo.

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